Viajar por Nápoles… ¡con seguro!

Publicado en: 24 Septiembre, 2014

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Conviene decir que no ha habido “un viaje” a Nápoles, sino varios viajes a lo largo de varios años, todos ellos siempre con la “excusa” (que buenas éstos tipos de excusas!) de visitar a mi viejo amigo Peppe, “napoletano al 100%”. A veces fueron de paso, otras fueron exclusivas a la ciudad y en otras ocasiones se limitaron a las afueras de Nápoles. Intentaré aquí hacer un resumen de todas ellas y hablar de un “único” viaje, para no perder al lector en detalles.

Yo personalmente siempre he sido un apasionado del sur, como posición geográfica, cultural, histórica, etc… Las diferencias, en todos los aspectos, entre norte y sur (en países, continentes, regiones, etc…) han sido siempre muy acusadas. Para bien o para mal. Pero hablemos en concreto y cojamos el toro “por las mancuernas”: Si en España hay diferencias entre el norte y el sur, en Italia hay diferencias, conflictos, debates, dialécticas, luchas, reivindicaciones, etc… incluso tristemente en ocasiones conflictos “racistas oficiales-oficiosos”. Y Nápoles representa para los italianos la capital del sur.

Y como yo me siento orgullosamente “terrone” (vocablo despectivo que un italiano del norte dedica al italiano más al sur del Po), porque he trabajado y vivido con “napoletanos”, he aprendido algo de “napuletá” (la lengua napolitana) y siempre que podía me escapaba a Nápoles.

Lo primero que llama la atención de Nápoles es el caos. Pero no un caos cualquiera. No señor. Un caos perfecto en su mismo estado caótico. Y funciona, porque la vida fluye a raudales, porque para mi es la ciudad europea más dinámica y vivaz. Donde es posible ver circular por el mismo sentido a coches, bicicletas, “motorini” (motos), personas, autobuses, etc… sin que haya ningún accidente. Al menos, yo nunca he visto uno, y no será por las temeridades que se ven al pie de calle. El tráfico en Nápoles, que a los ojos de un turista, pueda parecer un caos (que lo es), a los ojos de este modesto “scugnizzo” (chaval) me parece un caos precioso y digno de una tesis doctoral en toda regla.

Pero Nápoles es conocida tristemente también por su alto nivel de criminalidad (por desgracia siempre acaba primera en el ránking de ciudades europeas más peligrosas). Sobre esto nada que objetar. Aunque a mi nunca me pasó nada ni tuve ningún problema. Digamos que Nápoles no es una ciudad fácil ni siquiera para sus mismos habitantes, que se ven casi casi “ca na funa nganna” (con la cuerda al cuello) pero si se está atento y no se cometen “torpezas de turistas torpes” nada tiene porqué ocurrir (“I solde fanno ascí a vista ai cecat´”, “el dinero devuelve la vista a los ciegos).

Hay sitios maravillosos para pasear como el “SpaccaNapoli”, Piazza dil Gesú, las Galerías Humberto, etc… y para visitar el Castel dell´Ovo, MaschioAngioino y el Museo di Capodimonte. No os perdáis tampoco la visita a la isla de Capri (demasiado turística para mi gusto) y las menos conocidas de Ischia y Procida, con igual de encanto y menos turísticas. Otros sitios de obligada visita son Pompeya, Herculano y la visita al Vesubio.

Nápoles es la capital mundial de la pizza, donde realmente se inventó (no olvidéis una visita a la Pizzería da Michele, con su magnífica “pizza Bianca” y a la Pizzería Trianon). Pero también lo es para los amantes del café, del verdadero café italiano. Pero lo bonito de los bares es que se puede tomar un simple café y charlar amigablemente con cualquier desconocido (porque de la simpatía “napoletana” convendría también escribir otra tesis).
Otros productos para no olvidar son el “limoncello” (di Sorrento, y si es el “Villa Massa” mejor), el vino del Vesubio “Lacryma Christi” (uno de los mejores de Italia) y la mozzarella de bufala, la fresca, no la que compramos en los supermercados y creemos que es mozarella. Os digo sólo que cuando a mis amigos napolitanos les invito a que vengan a visitarme, no se deben olvidar nunca de traerme la mozzarella, porque saben que sin ella, ni hay amigo ni hay invitación.

Siempre me he sentido afortunado por tener amigos napolitanos, porque quien tiene un amigo de Nápoles, tiene algo más que un tesoro, porque me han enseñado lugares y me han enseñado un poco de su lengua, pero sobre todo porque cada vez que nos vemos allí “se chiure na porta e s´arape nu portone” (se cierra una puerta y se abre un portón).

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